Cucarachas.

Llegan las cucarachas, y con ellas el verano. Una corría anoche hacia mi, zigzagueando por el pasillo, incapaz de percibir miedo. O quizás tenía miedo, pero era muy valiente y no tenía voluntad de huir. Me gusta pensar en su voluntad, que quizás estuviera convencida de algo, como un estúpido estoicismo. Así es más divertido. 


Otra apareció el martes muerta al final de la escalera, con las trágicas patitas señalando el cielo. Si alguien la mató,  juro que yo no fui. Ayer se había ahogado otra en la pila, enorme, entre platos y sartenes. Tengo la teoría de que por eso estaba la vajilla por recoger. A nadie le apetece meter la mano ahí, lo digo yo, que estuve a punto de meterla. Pero bueno, lo que yo diga tampoco es argumento de autoridad.


Comienza el verano de verdad, el que da nombre a todos los veranos que llegaron con anticipo, a los abriles sin lluvia que olían a junio y que no adivinaban el inicio de un junio así de nublado. Comienza el verano que se excede hasta comerse al anunciado septiembre, comienza el verano que reseca, apuñala, mata y se burla de todos; que después de todo esto se alarga hasta noviembre, arruinando muchos cumpleaños.


Después del asedio de las cucarachas y el calor desesperante, las arañas de patas largas están aquí. Ellas, cautas, parecen tener siempre un poco de miedo. Recuerdo a mi padre decir año tras año “no hem de matar-les, perquè són bones, i donen de menjar als dragonets”. Que no hay que matarlas porque no hacen daño, y luego toda la cháchara sobre la cadena trófica y la biodiversidad. Gracias por esto. Gràcies. 


De pequeña siempre quise agradecer a las arañas que se comiesen a los mosquitos, decirles todo lo bonito de sus geométricas hamacas. Todavía me parece fascinante que atrapen el rocío y lo conviertan en cuentas de cristal. Pensé muchas veces en cómo les quedarían los zapatos, me gustaba imaginarlas en la portada de la Vogue de los bichos, vestidas de colores como la vella quaresma que pintábamos en el colegio. 


Entonces quise haberles preguntado la edad, porque nadie habla nunca de la longevidad de los insectos, ni de sus ciudades y túneles subterráneos. Decía Borges que la intensidad es una forma de eternidad. Veinticuatro años y sigo pensando en lo mismo. 



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