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La chica que corría con el coche.

Un coche corría por la autovía decorando el alquitrán, hirviendo por el calor de agosto. La chica que lo conducía iba dentro, como es evidente –sobre todo fuera de la ficción– y pisaba el acelerador muy por encima de las posibilidades de ese trasto viejo, de motor ahogado y débil, corazón casi infartado. “Mierda, no llegaré a tiempo” se decía una y otra vez, mientras pensaba en la cita del médico a la que llegaba casi tarde. Una aura de ligero mal humor la envolvía, y además, se iba espesando a medida que el sol manchaba su cara a través del cristal delantero. Le quedaba bien el mal humor, tenía un no-se-qué humanizante y hasta divertido entre el trajín de tanta máquina. “Mierda, llego tarde” dijo, y pensó “si llego tarde no me tomarán la radiografía, y no sabré si lo que tengo es una fisura en el coxis”. Después de esto también pensó, “la palabra fisura sirve para hueso, para mineral y para objeto, debería usarla más, es más; debería usarla fuera de ese contexto”.  Mientras, el co...

Cucarachas.

Llegan las cucarachas, y con ellas el verano. Una corría anoche hacia mi, zigzagueando por el pasillo, incapaz de percibir miedo. O quizás tenía miedo, pero era muy valiente y no tenía voluntad de huir. Me gusta pensar en su voluntad, que quizás estuviera convencida de algo, como un estúpido estoicismo. Así es más divertido.  Otra apareció el martes muerta al final de la escalera, con las trágicas patitas señalando el cielo. Si alguien la mató,  juro que yo no fui. Ayer se había ahogado otra en la pila, enorme, entre platos y sartenes. Tengo la teoría de que por eso estaba la vajilla por recoger. A nadie le apetece meter la mano ahí, lo digo yo, que estuve a punto de meterla. Pero bueno, lo que yo diga tampoco es argumento de autoridad. Comienza el verano de verdad, el que da nombre a todos los veranos que llegaron con anticipo, a los abriles sin lluvia que olían a junio y que no adivinaban el inicio de un junio así de nublado. Comienza el verano que se excede hasta comerse al...

La peregrinación

Mirando desde la altura de perra, de gata, e incluso de rata, se huele fácilmente la capa de mugre de la calle. Se divisan como buques unas brillantes botas de plataforma, zapatos salpicados,  los náuticos de alguien propenso a ser atracado, montones de zapatillas con suelas agrietadas, cordones ennegrecidos por las circunstancias del devenir. Medias rotas, tobillos con historiales de esguince, calcetines desparejados, un ejército silencioso de ampollas por abusar de calzado nuevo. Bajo  todo este peso: adoquines decorados con manchas, algunas de ellas irreversibles (victoriosas) y la mayoría de ellas hijas inconcretas de escupitajos, comida, secreciones humanas y chicles prehistóricos entre otro tipo de vertidos que no son prácticos ni agradables de leer. Es decir, como el arte en sí mismo, y quizás como la vida. Botas, zapatillas, chanclas, zapatos con y sin tacón, los calcetines, las medias tupidas, las medias de rejilla, las de puntitos, las medias rotas (mis preferidas), ...

Las calles.

Todas las calles son bonitas y todas las calles son amargas, muchas esquinas huelen a pan y muchas apestan a orín. Hay árboles que levantan el suelo con sus raíces, hay papeleras derretidas por incendios breves, hay farolas sin cobre, motos de alquiler, persianas atascadas, chicles pegados debajo de los bancos y flores amarillas sublevándose ante las baldosas y el hormigón. El sitio donde Edelia se sienta a dar de comer a las palomas es el sitio donde duerme el vagabundo a quien nadie se dirige nunca, es decir; el mismo sitio donde dejaron esta tarde a un chico y luego a una chica el viernes de madrugada (él lloró allí mismo, ella al llegar a casa).  También es el sitio donde se le rompió la bolsa al salir del súper al famoso artista aquel, que en ese momento sintió vergüenza y recordó que era mortal. Atracaron allí a Diego hace dos noches, ahí donde se acaba de pedir el taxi esa chica tan guapa. Todavía queda algo de perfume en el aire.  Hace veinte años hubo un jazmín en el ...