La peregrinación



Mirando desde la altura de perra, de gata, e incluso de rata, se huele fácilmente la capa de mugre de la calle. Se divisan como buques unas brillantes botas de plataforma, zapatos salpicados,  los náuticos de alguien propenso a ser atracado, montones de zapatillas con suelas agrietadas, cordones ennegrecidos por las circunstancias del devenir. Medias rotas, tobillos con historiales de esguince, calcetines desparejados, un ejército silencioso de ampollas por abusar de calzado nuevo. Bajo  todo este peso: adoquines decorados con manchas, algunas de ellas irreversibles (victoriosas) y la mayoría de ellas hijas inconcretas de escupitajos, comida, secreciones humanas y chicles prehistóricos entre otro tipo de vertidos que no son prácticos ni agradables de leer. Es decir, como el arte en sí mismo, y quizás como la vida.


Botas, zapatillas, chanclas, zapatos con y sin tacón, los calcetines, las medias tupidas, las medias de rejilla, las de puntitos, las medias rotas (mis preferidas), los pantalones denim, ya sea mom jeans, pitillos, campana, cargo, algún chándal despistado, una que otra falda, quizás un vestido. Cinturones que intercalan la cadera con el tren superior jugando al cadáver exquisito, calzando una camisa o un jersey que roza –con suerte, si es que llevan– tangas y calzoncillos, camisetas hendidas y ocultadas en la posterior chaqueta o sudadera porque ¡qué más da!. Algún pañuelo atado al cuello, collares, cadenas,  gafas de sol, muchas cabezas y gorras. 


La masa que se rinde en fila, derrotada por el letargo prolongado de un hastío combatido con alcohol, con drogas, abrazado por la distorsión que hace a uno mismo inhibirse –moralmente– y desinhibirse temporalmente; que hace a uno jugar a la ficción. Un lapso temporal insubstancial, el deseo de llegar a alguna parte antes que nadie. La abundancia misma de los nadie, de los muchos que hacen que el lugar en sí sea algún sitio. Colillas con carmín seco, uñas amarillentas por el tabaco, uñas pintadas, mordidas, caídas o resquebrajadas. Los bolsos de hombro, las bandoleras cruzadas, las riñoneras repletas de magia con bolsillos divertidos, y todos los infinitos posibles de esos bolsillos a la mañana siguiente con un cuarto de pastilla, con ese ticket sin usar. En fin. El amanecer también está harto de la cola del club.



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