Las calles.
Todas las calles son bonitas y todas las calles son amargas, muchas esquinas huelen a pan y muchas apestan a orín. Hay árboles que levantan el suelo con sus raíces, hay papeleras derretidas por incendios breves, hay farolas sin cobre, motos de alquiler, persianas atascadas, chicles pegados debajo de los bancos y flores amarillas sublevándose ante las baldosas y el hormigón. El sitio donde Edelia se sienta a dar de comer a las palomas es el sitio donde duerme el vagabundo a quien nadie se dirige nunca, es decir; el mismo sitio donde dejaron esta tarde a un chico y luego a una chica el viernes de madrugada (él lloró allí mismo, ella al llegar a casa). También es el sitio donde se le rompió la bolsa al salir del súper al famoso artista aquel, que en ese momento sintió vergüenza y recordó que era mortal. Atracaron allí a Diego hace dos noches, ahí donde se acaba de pedir el taxi esa chica tan guapa. Todavía queda algo de perfume en el aire.
Hace veinte años hubo un jazmín en el portal de enfrente. Edelia además de ver el portal, ve el jazmín que no está. También repasa los colores de las fachadas, intenta recordar las gamas cromáticas que han tenido. Lo que seguro recuerda son colores claros, cálidos casi siempre, que siguen dando a los edificios cierto aspecto de pastel de bodas. La chica del taxi desconoce la crónica de los jazmines, y las disertaciones sobre merengue y nata montada. La casa de donde sale era ‘esa casa’ hasta que habitó a quien la habitaba; hasta que se habitaron los dos. Ahora es “la casa de él” y “la calle de él”, y las habitaciones guardan asuntos de verbos y caricias, asuntos irresolubles. El límite de las paredes es el límite de la piel misma. La atracción se descolgó del techo como una lámpara de araña, el gloss quedó pegado a las sábanas y el rímel a la almohada, pero el perfume que arrastraba al irse en realidad eran dos perfumes.
El vagabundo sabe que es la segunda chica que entró en la casa esta semana, pero esta vez le sorprende que una mujer tan guapa esté con el tipo ese. Recuerda cuando pasó lo de Diego porque dormía en un banco y le despertaron, aunque no se quedó mirando mucho rato por si le identificaba la policía. Es verdad que el chaval era un blanco fácil (desde los náuticos hasta el chaleco), pero hay más verdad aún en la impredecibilidad de la noche. La que para Edelia es su calle para el vagabundo es otra calle más, pero Diego dice que es la calle donde le quitaron el DNI, el teléfono, la tarjeta de crédito, doscientos euros en efectivo y el pase del Valencia.
Todas las calles son bonitas y todas las calles son amargas. Hay parques sombríos y parques amables, vías de tren enterradas o a la intemperie, colillas atragantadas en las tapas de alcantarilla, señales torcidas, fantasmas de luciérnagas, nidos de palomas y pendientes perdidos. Alguien besará en esa esquina o hará un graffiti en aquella pared, alguien será infiel repentinamente, olvidará encender el despertador, no apagará el gas. Alguien regará unos geranios, derramará la leche o se hará un esguince. Unos irán al trabajo por donde otros volvieron de fiesta, y donde una mujer rompió aguas seguramente a otra se le romperán las medias. Habrá un quiosco que los niños al crecer olvidarán que existió, y alguien habrá arrancado las flores que levantaban los adoquines. Aquel banco donde no supimos llorar será también el sitio donde otros se enamoren, porque los lugares beben de las huellas de los cuerpos, así que por favor, planten jazmines.
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